En sus inicios los educadores tradicionales, por educadores tradicionales entendemos a los profesionales de la educación dentro de las escuelas, no miraban con ningún agrado a los medios de comunicación. Los educadores veían los medios de comunicación como meros instrumentos que los desprestigiaban. Y que además los contradecían. Mientras ellos les pedían y aconsejaban a sus alumnos que leyeran más de lo que lo hacían, los medios lo único que hacían era distraer a sus alumnos y crear en ellos otras formas de aprender sobre la realidad que la enseñanza tradicional no les podía transmitir.
Ello se debe a que el aumento del consumo de los medios en los niños y jóvenes dio lugar a que cada vez prefirieran más el conocimiento directo de la realidad que transmiten los medios de comunicación, en lugar de preferir para su educación los razonamientos complejos y abstractos de los que se servían sus tutores. Así, la mayoría de ellos, acostumbrados al sonido, a los colores y a los ritmos del discurso audiovisual, se veían cada vez, más ajenos al esfuerzo y a la disciplina. Ambos, objetivos de la educación tradicional.
Como consecuencia de ello, para muchos niños y jóvenes, la lectura de textos no visuales o el mero disfrute de la literatura, sencillamente, no tenía sentido.
Esto hizo reaccionar a los educadores. Y estos empezaron un seguido de críticas dirigidas a los medios. Ellos mismos han afirmado alguna vez que los medios de comunicación contradicen lo que durante las horas de clase los profesores han enseñado. Algunos profesores, incluso, han buscado la disolución y desaparición de esos enemigos, los medios de comunicación.
Con el tiempo la situación cambió. Y entre la ignorancia mediática, por un lado, y la denuncia radical, por otro, se fue abriendo paso, poco a poco, una actitud algo más informada y, al mismo tiempo, más sosegada. Algunos educadores analizaron con más calma de la que había existido hasta el momento, el poder de los medios de comunicación en la cultura de los niños, de los jóvenes e incluso de los adultos (en los que, naturalmente, se incluyen también los profesores y educadores). Se estudió, por otra parte, el modo más constructivo de reaccionar ante ese poder. Esto significó, en algunos casos, la necesidad de oponerse al poder de los medios en aquello que fuese necesario, pero también de asociarse con él cuando fueran reconocibles sus efectos positivos. Es entonces cuando surge la idea de una alianza entre el mundo de la comunicación y la educación.
En los niños y jóvenes estudiantes se produjo una transformación fundamental: los niños y jóvenes que consumían televisión y cine con una cierta regularidad empezaron a pensar en términos visuales y desarrollaron un agudo sentido a la hora de comprender e interpretar los nuevos procedimientos narrativos que introducían los medios audiovisuales.
Esta transformación también se basó en empezar a disponer de un sistema de atención diferente al de generaciones anteriores: basado en una necesidad de excitación y de estímulos sonoros y audiovisuales; menos dado a la paciencia y a la espera; y menos capaz de dirigir sus sentidos durante mucho tiempo a un mismo objeto o asunto.
Fue precisamente esta transformación lo que hizo que la mayoría de educadores intentaran modificar su manera de educar. Por ejemplo, algunos profesores de primaria empezaron a encontrar imprescindible para la educación la utilización del ordenador, vídeos o dvd’s. Mientras que los profesores de secundaria y de la universidad empezaron a utilizar la exposición de power points que facilitaran la tarea de tomar apuntes y la de captar la atención del alumno; también la utilización de transparencias; y, también la de audiovisuales. En nuestros días, se puede decir que ya hay muy pocos profesores o educadores que utilizan únicamente como material didáctico los libros.
Ello se debe a que el aumento del consumo de los medios en los niños y jóvenes dio lugar a que cada vez prefirieran más el conocimiento directo de la realidad que transmiten los medios de comunicación, en lugar de preferir para su educación los razonamientos complejos y abstractos de los que se servían sus tutores. Así, la mayoría de ellos, acostumbrados al sonido, a los colores y a los ritmos del discurso audiovisual, se veían cada vez, más ajenos al esfuerzo y a la disciplina. Ambos, objetivos de la educación tradicional.
Como consecuencia de ello, para muchos niños y jóvenes, la lectura de textos no visuales o el mero disfrute de la literatura, sencillamente, no tenía sentido.
Esto hizo reaccionar a los educadores. Y estos empezaron un seguido de críticas dirigidas a los medios. Ellos mismos han afirmado alguna vez que los medios de comunicación contradicen lo que durante las horas de clase los profesores han enseñado. Algunos profesores, incluso, han buscado la disolución y desaparición de esos enemigos, los medios de comunicación.
Con el tiempo la situación cambió. Y entre la ignorancia mediática, por un lado, y la denuncia radical, por otro, se fue abriendo paso, poco a poco, una actitud algo más informada y, al mismo tiempo, más sosegada. Algunos educadores analizaron con más calma de la que había existido hasta el momento, el poder de los medios de comunicación en la cultura de los niños, de los jóvenes e incluso de los adultos (en los que, naturalmente, se incluyen también los profesores y educadores). Se estudió, por otra parte, el modo más constructivo de reaccionar ante ese poder. Esto significó, en algunos casos, la necesidad de oponerse al poder de los medios en aquello que fuese necesario, pero también de asociarse con él cuando fueran reconocibles sus efectos positivos. Es entonces cuando surge la idea de una alianza entre el mundo de la comunicación y la educación.
En los niños y jóvenes estudiantes se produjo una transformación fundamental: los niños y jóvenes que consumían televisión y cine con una cierta regularidad empezaron a pensar en términos visuales y desarrollaron un agudo sentido a la hora de comprender e interpretar los nuevos procedimientos narrativos que introducían los medios audiovisuales.
Esta transformación también se basó en empezar a disponer de un sistema de atención diferente al de generaciones anteriores: basado en una necesidad de excitación y de estímulos sonoros y audiovisuales; menos dado a la paciencia y a la espera; y menos capaz de dirigir sus sentidos durante mucho tiempo a un mismo objeto o asunto.
Fue precisamente esta transformación lo que hizo que la mayoría de educadores intentaran modificar su manera de educar. Por ejemplo, algunos profesores de primaria empezaron a encontrar imprescindible para la educación la utilización del ordenador, vídeos o dvd’s. Mientras que los profesores de secundaria y de la universidad empezaron a utilizar la exposición de power points que facilitaran la tarea de tomar apuntes y la de captar la atención del alumno; también la utilización de transparencias; y, también la de audiovisuales. En nuestros días, se puede decir que ya hay muy pocos profesores o educadores que utilizan únicamente como material didáctico los libros.
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